Nuestro Camino en Fotos

1 - Jerusalem

Empezamos esta historia fotográfica donde terminó: en Jerusalén. Alberto (de las calidas tierras de Andalucía, España) y yo (una mujer libanesa nacida en Canadá) acabábamos de caminar 5.000 kilómetros a través de 13 países, por la paz. Porque creíamos (seguimos creyendo) que la paz en el mundo comienza con la paz interior. Nos había llevado 13 agotadores meses, a lo largo de un camino más místico que físico llamado el Camino del Alma, un camino que, en última instancia, todos estamos recorriendo. Te invitamos a acompañarnos por este viaje interior.

 

2 - on the Camino

El viaje comienza en el Camino de Santiago, también conocido simplemente como el Camino, en el norte de España. Había dejado atrás la comodidad de lo conocido y embarcado en una búsqueda personal de autodescubrimiento. Mis andanzas con el tiempo me llevaron al Camino. Aquí, a lo largo de las áridas llanuras de La Meseta, escucharía las palabras que inspirarían mi imaginación: "El camino a Jerusalén es el Camino del Alma. Es en ese viaje donde escuchas sus anhelos más profundos." Supe entonces que haría ese camino.

 

 3 - Rome

"¿Por qué empezaste a caminar en Roma?" Es una pregunta que me hacían a menudo. Muchos pensaron que yo era católica. No lo soy. Fui bautizada en la Iglesia Ortodoxa Griega, pero nunca practiqué aquella religión. Sí me considero una persona espiritual. Creo en una Inteligencia Superior que muchos llaman Dios, Alá, el Universo, el Creador... Hay muchas etiquetas, pero para mí ese poder, sobre todo, es Amor, y todos los senderos espirituales en última instancia conducen a este Amor. En el Camino, me enteré de que la peregrinación a Roma es conocida como el Camino del Corazón. Es el camino del amor, pero no del amor humano, sino del gran amor incondicional de la Divinidad. Quería comenzar en el centro de ese Amor, en un lugar sagrado impregnado con la energía y la devoción de tantos otros peregrinos antes que yo. El 21 de noviembre de 2001, tomé la foto de mi partida, y di mis primeros pasos hacia Jerusalén.

 

4 - Walking Alone

Los primeros días de marcha fueron difíciles. No había flechas amarillas, como en el Camino de Santiago, para mostrarme la ruta. Avanzaba por carretera abierta, de frente al tráfico, a menudo sin arcén para caminar. No había nadie esperándome al final del día o que me llamara para asegurarse de que había llegado bien. Si desaparecía, nadie lo sabría. Más de una vez, dude de la cordura de mi decisión. La gente que me encontraba durante el trayecto se mostraba educada, y a la vez curiosa por conocer a la mujer que habían visto desde sus vehículos. Para mi sorpresa, los italianos que conocí sólo hablaban su propio idioma. Era evidente que tenía que aprender el italiano, y rápido! Sin embargo, en las tranquilas carreteras secundarias, el paisaje me ayudó a olvidar la soledad del camino. Esta foto fue tomada en el trayecto a Rieti, y es un ejemplo de los pueblos que salpican las bellas laderas de Monti Sabini.

 

5 - With Alberto

Había conocido a Alberto tan solo por un día en Finisterre, una ciudad al final del Camino cuyo nombre significa literalmente "El fin del mundo". Parecía oportuno que nos conociéramos allí, puesto que yo acababa de terminar un viaje y ya estaba dispuesta para comenzar otro. Le gustó mi idea de caminar por la paz, pero no se sintió atraído especialmente por secundarla, y así nos separamos. Dos meses más tarde, cuando me dirigía a Roma para empezar esta marcha, nuestros destinos inesperadamente se volvieron a cruzar en la casa de una amiga mutua. Esta vez sí se sintió llamado a acompañarme, aludiendo a "señales" que eran demasiado poderosas para ser ignoradas. Yo no estaba segura de si quería compañía durante todo el trayecto, o de cómo íbamos a comunicarnos con mi ínfimo español y su inglés de bachillerato. Pero, también percibí señales, empujándome a permitirlo. Lo hice y le dejé preparándose, mientras continué adelante hacia Roma. Diez días más tarde, nos reuniríamos en Rieti. El día 5 de diciembre del 2001, dimos nuestros primeros pasos juntos. Esta foto fue tomada en la carretera cerca de Rieti, camino del monasterio franciscano de La Foresta.

 

6 - Biancospino

Contar con un compañero significaba tener que reformular ahora la manera en que imaginaba que iba a ser mi camino por la paz. Hasta entonces había estado durmiendo en hostales y pensiones, pero Alberto no tenía los medios económicos para hacerlo, o para disfrutar de una comida caliente al final de nuestras frías jornadas de andadura. El queso y el pan pretendían ser su alimento diario. Me dijo que, en el Camino, había conocido a un peregrino que caminaba sin dinero. Éste llamaba cada noche a la puerta de las iglesias en busca de ayuda y aceptaba como refugio lo que se le ofreciera, normalmente el suelo de alguna sala que estuviera disponible. Aquel peregrino no pedía comida, pero por lo general, se la ofrecían. Alberto quiso hacer lo mismo, pero me animó a mí a seguir durmiendo en hostales y comiendo en restaurantes. ¿Pero cómo iba, con toda mi buena voluntad, a dejarle dormir en el suelo de algún lugar frío e inhóspito mientras yo descansaba en una cama cálida y acogedora? ¿O a disfrutar de un plato de sopa caliente sabiendo que él estaría comiendo pan? Entonces decidí unirme a él, llamando a las puertas del monasterio o iglesia de turno, explicando que éramos peregrinos caminando por la paz, rezando cada vez en silencio para que nos acogieran. Todas las noches, sin excepción, dispusimos de un techo sobre nuestras cabezas. Algunas de ellas, teníamos calefacción y agua caliente, otras, éramos invitados a alguna comida.

En esta foto, estuvimos durmiendo en el suelo de la sala de una iglesia, en la que el sacerdote encendió generosamente los radiadores en aquella gélida velada de diciembre. Con nosotros está Biancospino, un perro peregrino que encontramos en una ermita ubicada en la cima de una montaña, y que nos acompañaría hasta Asís. Alberto está recortando las letras que iban a componer los carteles que llevaríamos en nuestras mochilas anunciando el propósito de nuestro viaje.

 

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Una imagen vale más que mil palabras. Con nuestros llamativos carteles, pasamos a convertirnos en imanes para la gente que se paraba frecuentemente a preguntarnos sobre nuestro camino. Gracias a ellos se presentaban a diario infinidad de oportunidades para compartir nuestro mensaje de que la paz en el mundo comienza con la paz interior, y que los pequeños actos de bondad tejen el entramado de la paz en el mundo.

En este día, al entrar en Cotignola, un periodista nos detuvo para la que sería la primera de las muchas entrevistas que habrían de hacernos en Italia. El artículo abrió las puertas para que aún más personas pudieran conocer nuestro camino. Sin embargo, el contacto con la prensa generó tensión entre Alberto y yo. Él quería hablar abiertamente de su camino interior, la peregrinación espiritual que estábamos realizando, mientras que yo veía cada mención de la palabra "Dios" o "espiritualidad", como una forma de alienarnos de la gente y ser catalogados de "religiosos", una etiqueta que deseaba a toda costa evitar. Para mí, nuestro mensaje de la paz era universal e independiente de religión alguna y quería que siguiera siendo así. También consideraba que mi espiritualidad era un asunto personal, mientras que Alberto compartía la suya abiertamente. Encontrar el valor para hablar sincera y abiertamente de mi camino espiritual se convertiría en el sello distintivo de nuestro largo viaje a Jerusalén.

 

8 - Christmas Angels

Era la víspera de Navidad, y echábamos mucho de menos a nuestras familias. Habíamos llegado por fin a la ciudad de Coriano, después de habernos perdido en las montañas durante varias horas, y solo deseábamos descansar. Tal y como se había convertido en nuestra costumbre, pedimos ayuda al párroco del municipio, y aceptamos la sala de la iglesia que este nos ofreció. Sin embargo, una pareja de aspecto simpático había escuchado nuestras explicaciones, y con entusiasmo comenzaron a hablar con el sacerdote. Evidentemente, se referían a nosotros porque no cesaban de señalarnos, pero yo no podía entender su rápido italiano. Finalmente, el sacerdote dijo «benne, benne» con una sonrisa, antes de acompañarlos a su oficina y cerrar la puerta tras ellos. Cuando volvieron a salir, la pareja pronunció las palabras que quedarían grabadas en mi memoria para siempre: «Por favor, nos gustaría que pasarais esta Nochebuena en nuestra casa». Nuestros anfitriones, Serafino y Loretta, nos condujeron a su hogar y nos hicieron sentir como parte de su familia. Su cariño y su generosidad superaron con creces nuestras expectativas. Aunque nos encontrábamos muy lejos de nuestras familias, esa noche, nos sentimos como si hubiéramos regresado a casa.

Gracias, Serafino y Loretta, nuestros ángeles de Navidad.

 

9 - Providence

Padua, la tierra de San Antonio, conocido como el santo de la providencia. Esa misma providencia nos llevaría a conocer a una entrañable mujer llamada Luciana y a una acogedora comunidad de jóvenes dirigida por un sacerdote excepcional, el padre Sergio. Pero algo empañaba las mágicas experiencias que estábamos viviendo. Algunos desacuerdos entre Alberto y yo, referentes a la manera de realizar nuestro camino, amenazaban nuestra marcha por la paz. Más de una vez, pensamos en separarnos, pero si lo hacíamos ¿cómo podíamos hablar de crear paz en el mundo si ni siquiera éramos capaces de crearla entre nosotros? Decidiríamos finalmente resolver nuestras diferencias, y continuar juntos, siendo cada uno fiel a la llamada de su propio camino interior.

 

10 - Crossing Over

Venecia, Italia. Uno de los momentos más destacables de nuestro camino, lleno de esa magia y esas coincidencias que están más allá de las palabras, y que te dejan impresionado. Nos habían contado que, en tiempos de antaño, los peregrinos utilizaban el puerto de Venecia como su punto de partida hacia Jerusalén. Recibían una bendición en la misa especial para peregrinos en la catedral de San Marcos, antes de despedirse de sus familias y subir a la nave que les llevaría a Tierra Santa. En una improvisada recreación de esta antigua ceremonia, caminamos siguiendo las huellas de aquellos peregrinos, recibimos una bendición inesperada y, finalmente, una despedida inolvidable de una nueva y asombrosa familia: un grupo de colegiales que acababan de volver esos días de Jerusalén como parte de un proyecto de paz entre niños israelíes, palestinos e italianos. Nos encontraron casualmente en la plaza de San Marcos cuando salían de excursión cultural por la ciudad. En esta foto, Alberto tiene el libro que nos regalaron, testimonio de sus esfuerzos y logros, llamado: «Damos un impulso a la paz con seis manos».

 

11 - Border Crossing

Nuestro primer cruce fronterizo, de Italia a Eslovenia, para lo que sería un breve tránsito hacia Croacia. Era difícil de creer que dejábamos Italia. Nos había llevado nueve semanas, y habíamos caminado algo más de mil kilómetros.

"Sentí una punzada de melancolía, como el niño que sale de casa por primera vez, ilusionado por sus deseos de aventura, pero al mismo tiempo triste por dejar atrás lo conocido.

Italia nos había obsequiado con grandes regalos: una lengua que llegamos a adorar, amistades duraderas, hospitalidad, cariño... y yo sabía que la iba a echar de menos. No fue siempre delicada con nosotros. Nos hizo tambalear a menudo, e incluso llegó a derrumbarnos, y nos desafío física, emocional y espiritualmente. De esas ruinas, sin embargo, una base más sólida estaba emergiendo. Una base arraigada en el amor, la seguridad en uno mismo, y la confianza en la vida y en la bondad del corazón humano. Al mirar adelante, hacia aquel nuevo país que nos aguardaba, supe que aquellas eran las cualidades que quería llevar conmigo. El 29 de enero de 2002 entramos en Eslovenia.

Ciao, Italia, e grazie!"

(Un extracto de nuestro libro "Caminando por la Paz, un camino interior" http://www.walkingforpeace.com/the-book/caminando-por-la-paz-un-camino-interior.html)

 

12 - Foggy Croatia

Aunque en esta foto la visibilidad es bastante buena, una constante y espesa niebla nos acompañó durante nuestros primeros días en Croacia. En base a lo que éramos capaces de vislumbrar, la costa croata era espectacular, pero nada fácil de caminar, con grandes montañas rocosas que se alzaban a nuestra izquierda, y el intenso azul del Mar Adriático siempre pegado a nuestra derecha. Con la ayuda de la única persona de habla inglesa que encontramos en el camino, fuimos capaces de traducir nuestro cartel "Caminando por la Paz a Jerusalén " al croata. No podíamos pronunciar correctamente las palabras, pero esperábamos que al menos se entendieran nuestras intenciones. Yo me sentía nerviosa pues era consciente de que entrábamos en un país recién salido de una guerra civil, y preocupada por cómo nuestro mensaje y nosotros, sus mensajeros, íbamos a ser recibidos allí. Y si no tenía ya suficientes razones para sentirme tensa, ahí estaban los últimos sueños de Alberto, relacionados con escuelas de magia y seres de otros mundos, que me ponían los nervios de punta, y que, junto a la espesa niebla que nos rodeaba, provocaban que todo pareciera más inquietante todavía. Uno de sus sueños, en concreto, parecía incluso premonitorio, y hacía alusión a la posibilidad de separarnos. En esta nueva tierra plagada de incógnitas, yo esperaba que ese augurio nunca se hiciera realidad.

 

13 - Separation (smaller)

Una parte importante de nuestro camino consistía en seguir señales y sincronicidades que sentíamos nos estaban conduciendo en una dirección determinada. Permitíamos que el Camino nos guiara, en vez de planificar en exceso cada día ni apresurarnos por llegar a ningún lugar. Sin embargo, cuando Alberto me dijo que había estado recibiendo señales acerca de continuar solo, me puse nerviosa. En aquellos días, yo estaba sufriendo de terribles ampollas y no podía caminar a la velocidad necesaria para llegar el día 25 de ese mes a Medugorje (Bosnia y Herzegovina), lugar en el que supuestamente se aparecía la Virgen María a unos visionarios desde 1981. Y aquella era la fecha en que la misteriosa aparición, conocida como «La Reina de la Paz», haría público su próximo mensaje. Yo sabía que no podría llegar a tiempo, así que nos pusimos de acuerdo en separarnos brevemente, pensando que sería tan solo por unos días. Nunca hubiera imaginado que no volveríamos a vernos hasta cuarenta días más tarde.

 

14 - Pilgrim Credencial

Durante mi estancia en el monasterio capuchino de Karlobag, mientras me recuperaba de mis ampollas y de las difíciles condiciones de aquella parte del camino (la lluvia, las montañas, ningún paradero donde descansar...), me acordé muchísimo de Alberto y me preguntaba cómo iría su aventura en solitario. Yo sabía que él tenía poco dinero, y que un hombre llamando a las puertas para solicitar ayuda era, tal vez, menos probable de recibirla que una mujer, o incluso una pareja, haciendo lo mismo. Aquello me tenía un tanto preocupada. Alberto había pernoctado en Karlobag unos días antes que yo y les había hablado de mí, por esa razón estaban esperándome cuando llegué. Me trataron con un cariño y una bondad incomparables. Disponía de mi propia habitación con cama y sabanas limpias, ¡y una ducha con agua caliente! Y, por supuesto, comida casera en abundancia. ¡Para un peregrino, aquello era un auténtico lujo!

Fray Ante Logara, el Superior del monasterio, le había indicado a Alberto la dirección de personas que sabía que le ayudarían, y le dejó marchar con sus bendiciones. Hizo lo mismo conmigo, añadiendo además un valioso regalo: una carta de presentación donde explicaba quién era yo y el camino por la paz que estaba realizando. Me sentí abrumada por la gratitud. Esta carta se convertiría en mi credencial de peregrina, en la que, a partir de entonces, recogería los sellos de todos los monasterios y lugares donde permanecería a lo largo de la ruta, e hice buen uso de ella hasta llegar a Grecia.

Por todo esto y mucho más: ¡Huala, Fray Ante! ¡Gracias!

 

 

15 - Me and the Sisters (smaller)

Comenzaron como una simple erupción en mis axilas, pero pasaron a ser bultos del tamaño de pelotas de golf. Luché con la fiebre y los escalofríos durante dos noches, tomando ibuprofeno como si fuera caramelos. La recepcionista del hostal donde me hospedaba me reconoció gracias al último artículo de prensa, pero lo mejor de todo fue que hablaba inglés. Ella organizó el que pudiera verme un médico que, milagrosamente, también hablaba inglés. Este me explicó que los ganglios linfáticos estaban inflamados, y que se trataba de una infección grave que probablemente necesitaría cirugía para drenarla. Me prescribió antibióticos, pero me advirtió que dudaba que fuesen a funcionar. En mi angustia, pensé en regresar a Canadá para operarme pues desconocía la fiabilidad del sistema medico de Croacia.

Fue entonces, cuando más desesperada estaba, que fray Ante me llamó al móvil para saber de mí. Nada más escuchar su voz empecé a llorar y, entre lágrimas, traté de explicarle lo que estaba sucediendo. «No te preocupes», me aseguró. «Yo me haré cargo de todo». Una hora más tarde recibí la llamada telefónica de una mujer que me comunicó en inglés, que su hijo, que era doctor, iba a verme al día siguiente, y que un sacerdote, fray Drago Ljevar, me recogería en el hostal para conducirme al hospital. Era incapaz de contener mis lágrimas por la gratitud que sentía en ese momento.

Fray Drago no sólo me llevó a ver al médico, y también a un cirujano, sino que me abrió las puertas de su casa como si yo fuera un miembro de su familia. Una de las monjas, la hermana Dolores (en el centro de la foto), me repetía constantemente las palabras «Moja draga Monika», que, por fin entendí, significaban «Mi querida Mónica». Ella me preparaba galletas todos los días y me recordaba cuando debía tomar mi medicina. La Hermana Eloisia (a la izquierda) me ayudó con todo lo demás que precisé. Me sentí como si hubiera regresado a mi propio hogar.

Al final, la infección se curó con los antibióticos (¡y mucha meditación!). Esta experiencia destacó para mí como prueba definitiva de que, en las horas más oscuras, nunca estamos solos, y que los ángeles aparecen en infinidad de formas. Gracias, mis hermosos ángeles croatas.

 

16 - Medugorje (small)

Fue una época de grandes transformaciones para ambos. Aparte de mi enfermedad inesperada, me sentí obligada a volver al Líbano para visitar a un familiar moribundo. Yo no tenía manera de contactar con Alberto para hacerle saber mi decisión y mi consecuente retraso, y rezaba para que él me esperara en Medugorje, Bosnia y Herzegovina, donde teníamos previsto darnos el encuentro. Él me había telefoneado una vez, cuando llegó allí, pero el número de teléfono que me había dejado siempre sonaba sin que nadie lo atendiera. Con la necesidad de seguir mis propias señales, había permitido que una oleada de mágicas coincidencias me llevara hasta el Líbano, y me trajera, más tarde, de nuevo a mi camino. Una vez de vuelta, día tras día, mientras avanzaba para darle el encuentro, traté desesperadamente de llamarlo al teléfono que me dio, y por fin, en la víspera de mi llegada a Medugorje, una mujer contestó. Alberto estaba todavía allí. Después de cuarenta días separados volvíamos a reunirnos. Nuestro encuentro fue jovial y lleno de aventuras y anécdotas que contarnos. Yo le conté con detalle las mías, haciendo hincapié en los numerosos ángeles humanos que me habían asistido durante mi viaje, y él me contó las suyas, muchas de las cuales estaban llenas de misterio y de magia. Esta foto la tomé cuando llegué, en el momento en que por fin le vi esperándome en la plaza principal de Medugorje.

 

Walking for Peace - Dubrovnik

Estábamos llegando al final de nuestra experiencia croata, y empezaba a sentir nostalgia ante la idea de abandonar el país. Croacia, como Italia, se había convertido en algo cómodo y cercano. Me había acostumbrado a aquella tierra y a su gente, que tan calurosamente nos había recibido a nosotros y a nuestro mensaje, tejiendo a nuestro alrededor una red protectora que nos acompañaba a donde quiera que fuésemos. Me sentía reacia a alejarme de aquella seguridad y, una vez más, adentrarme en lo desconocido. A pesar de haberme prometido a mí misma no dejarme influir por prejuicios ajenos, me encontré, de nuevo, haciendo exactamente lo mismo. Las historias que nos habían contado, sobre las atrocidades cometidas por los serbios contra sus vecinos croatas durante la guerra, acosaban sin descanso mi mente y desvanecían por completo el más mínimo deseo de encaminarme hacia allí.

En la imagen superior, estamos saliendo de Dubrovnik, acompañados por un grupo de mujeres (¡y un caballero!), que habían oído hablar de nuestro camino y querían apoyarnos en nuestros esfuerzos. Y nos habían sorprendido además con un generoso donativo que habían reunido en su parroquia. Aunque el día era húmedo y gris, nuestro entusiasmo no lo era, en absoluto. Sus gentiles voces nos acompañaban en oración, haciéndome sentir ligeros escalofríos que me recorrían la espalda y, al mismo tiempo, calmaban mi ansioso corazón: una confirmación de los cielos de que todo iría bien.

El 11 de abril del 2002, entrábamos finalmente en Serbia y Montenegro, a punto de experimentar por nosotros mismos si todo lo que habíamos oído acerca de sus habitantes era cierto.

 

Walking for Peace - Serbia and Montenegro

Para nuestra sorpresa, nuestra estancia en Serbia y Montenegro fue breve y con muy pocos encuentros. Sin duda, lo más destacado fue la inolvidable conversación que mantuvimos con un marinero serbio, que me recordó que no podía juzgarse por el mismo patrón a todos los miembros de un mismo grupo. Mis temores no habían tenido fundamento aquí, pero volverían a ser puestos a prueba en Albania.

Desde Italia hasta la misma Serbia, nos habían estado advirtiendo sobre los peligros de caminar por Albania. Con la caída del comunismo, la violencia y la corrupción habían arraigado por doquier, y las cotas de pobreza eran muy elevadas. Caminando por sus tierras, me sentí como si hubiera sido transportada, de repente, a un país del tercer mundo, con la basura desperdigada por los campos y los niños corriendo descalzos acompañados de perros famélicos. A nuestro paso, nos pedían dinero jóvenes y ancianos por igual pues, en comparación con ellos, dábamos la impresión de ser acaudalados turistas. Nos ofrecieron llevarnos en coche en incontables ocasiones debido a que nadie allí podía entender por qué íbamos a pie cuando, para ellos, sólo los más pobres de los pobres caminaban. Vimos la escasa y opulenta riqueza contrastada con la más absoluta y generalizada pobreza. Me sentí confundida y desequilibrada como nunca antes mientras que Alberto, al contrario, parecía encontrarse en su mejor momento, seguro de sí como pocas veces lo había visto, lo cual en vez de motivarme me hacía sentir aún más perdida. Cualquier cosa me molestaba y me sentí acosada a todos los niveles, llegando a responder irritada, incluso con ira, a la gente que se nos acercaba, y escondiéndome más y más, profundamente, en mi interior.

A pesar de los maravillosos contactos que tuvimos, con personas que habían decidido dedicar su vida a los más necesitados, Albania fue, para mí, el punto más bajo de mi camino, el lugar donde dejé que mis miedos definieran totalmente mi experiencia. Sentí que había fallado a mi propósito de paz, y al mensaje que portaba. Sin embargo, al cruzar la frontera con Macedonia, no pude evitar echar una última mirada atrás y exclamar "faleminderit": gracias.

 

Walking for Peace - Greece

Friends, amici, priateli, fíloi, miqtë... estas fueron las muchas maneras en que aprendimos a decir la palabra "amigos". Desde el principio, nadie creía que Alberto y yo fuésemos tan solo amigos y, por ese motivo, nos encontramos teniendo que explicar nuestra relación más a menudo de lo que nos hubiera gustado. Para mí, era mi compañero de camino, un incordio de compañero a veces, y lo apreciaba como a un hermano. Y estoy segura de que él me miraba también como a una hermana molesta. Teníamos nuestras discusiones y desacuerdos, que nos comprometimos a resolver, ya que, después de todo, estábamos caminando por la paz. Tras una discusión especialmente dolorosa en Macedonia, el velo de las apariencias se descorrió y pudimos vernos el uno al otro, por fin, tal y como éramos. A partir de ese momento, insospechados sentimientos comenzaron a surgir y, cinco meses después de que empezáramos a caminar juntos, una relación mucho más personal e íntima, una relación romántica, floreció entre nosotros. ¿Sería cosa de la primavera?

Esta foto fue tomada en Grecia, donde se nos aseguró que la mayoría de la gente entendería nuestro nuevo cartel en inglés.

 

23 - Flourishing Romance

Gracias a la manera en que nuestro inesperado romance florecía, nuestra entrada en Turquía vino acompañada de prometedores augurios. En esta foto, nos vimos obligados a realizar una corta travesía en un pequeño transbordador y, si os fijáis bien en nuestras manos, podréis ver dos anillos de plata, comprados a un platero en un bazar turco al aire libre, que simbolizarían el nuevo vínculo que había nacido entre nosotros y que, con cada día que pasaba, parecía ser más permanente.

 

24 - Turkey Collage (reduced)

Nuestra primera decisión en Turquía fue la de continuar caminando a lo largo de la costa, en lugar de acortar por el centro del país, debido a que supimos que toda esta zona estaba más orientada al turismo y, por tanto, ofrecía mayores posibilidades de alojamiento. El calor de julio había convertido el aire acondicionado en una necesidad. Ahora nos levantábamos a las 4:00 de la madrugada para comenzar nuestra jornada de marcha, con la esperanza de finalizarla antes de las 10:00, pues a esa hora el calor ya era insufrible. Rozaduras y erupciones en la piel causadas por el sudor, así como inesperados brotes de gastroenteritis se repetían con frecuencia y aminoraron nuestro ritmo, en tiempos en los que deberíamos haber avanzado a mayor velocidad. Estas condiciones se volvían aún más difíciles cuando las sumábamos a los insistentes argumentos que estallaban ahora a menudo entre Alberto y yo. Fui testigo de como mi otro hora confidente compañero se volvía cada vez más humano, demasiado humano, mostrando inseguridades que nunca habría sospechado en él. Las emociones causaban estragos en nuestro ánimo mientras el calor los provocaba en nuestros cuerpos. El Camino con su mensaje de paz quedó eclipsado bajo la lucha de dos personas comunes y corrientes por conservar su integridad a todos los niveles.

 

25 - Sanli Urfa (VERY reduced)

Şanli Urfa, Ciudad de los Profetas. "Desde nuestra habitación de hotel, teníamos una vista sin obstáculos de Halil-ul-Ruhman, el lugar más sagrado de la ciudad y el destino de todos los peregrinos. Era un oasis exuberante de jardines y estanques, acentuado por dos hermosas mezquitas. Una veneraba la cueva donde supuestamente el profeta Abraham nació, la otra era objeto de la leyenda. Se cuenta que el rey pagano Nemrud ordenó a Abraham que renunciara a su Dios, y cuando este se negó, lo mandó arrojar por un alto acantilado hacia las llamas de un voraz incendio que lo aguardaba abajo. En el lugar donde Abraham cayó, el fuego se transformó en agua y la leña en peces. Una mezquita fue erigida en aquel sitio. Los peces son considerados sagrados y las aguas, santas. Es aquí donde los peregrinos vienen para ser renovados, y donde teníamos la intención de unirnos a ellos." (Fragmento tomado de nuestro libro "Walking for Peace, an inner journey", muy pronto también disponible en español.)

Con mi fe en todo lo que yo creía trastocada, este santo lugar alejado de nuestra ruta a Jerusalén, me ayudaría a encontrar el coraje para expresar la verdad de mi corazón.

 

26 - Turkey-Syria Collage (VERY REDUCED for Joomla)

Nuestros pasos se dirigían ahora directamente hacia el sur, y casi podíamos vislumbrar nuestra anhelada Jerusalén, que nos aguardaba a tan sólo 700 kilómetros de distancia. Habíamos recorrido más de 4000 kilómetros y, para nosotros, aquello se sentía ya como la recta final. Caminábamos con determinación, dispuestos a cubrir el último tramo que nos separaba de nuestro destino. En los últimos días en Turquía, lejos de las zonas turísticas, experimentamos, más que nunca, la generosidad y la nobleza del pueblo turco. Me alegré de dejar el país con aquel sentimiento, después de lo que había sido una ardua y emocionalmente agotadora travesía de cuatro meses a través de sus tierras. La inquietud que me embargó al entrar en Siria, sin embargo, me cogió por sorpresa. Después de todo, me encontraba en el mundo árabe, en una cultura y un idioma que conocía bien. Pero Las terribles historias que había oído desde muy niña acerca de su estricto régimen pululaban todavía por mi memoria, y no ayudaron los avisos y advertencias de la gente, cuanto más nos acercábamos a su frontera.

No obstante, la hospitalidad de la población siria fue incomparable, hasta el punto de que recibíamos repetidas invitaciones a diario para comer y pernoctar, la mayoría de ellas sin tener en cuenta siquiera las razones de nuestro peregrinar, sino simplemente por dar la bienvenida a dos extranjeros de paso por su tierra. Nuestro tránsito por Siria fue breve, pero su recuerdo perduraría para siempre. En este collage, podéis ver nuestros carteles en turco y en árabe, así como a nosotros disfrutando de las típicas "meze", o tapas árabes, y el tradicional "argileh" o pipa de agua.

 

Lebanon

Entramos en el Líbano, el país de mis ancestros, a punto de cumplir un año de andadura, y nos alojamos en la casa de mi familia donde sentimos la tentación de ceder a sus ruegos y alargar nuestra estancia para celebrar las fiestas navideñas en su compañía. Pero, al final, continuamos adelante, a lo largo de la hermosa costa, y pasamos por históricas ciudades bañadas por el mar, como Biblos (cuna del alfabeto original), y Beirut, que se alzaba como un ave fénix tras haber sido devastada por 25 años de guerra civil. Sin embargo, cuanto más al sur avanzábamos, más intranquilos nos sentíamos. Habíamos comenzado a divisar, en nuestro trayecto, los carteles de Hezbolá pidiendo el apoyo a la lucha armada, y se hacían más y más frecuentes e impactantes a medida que nos aproximábamos a nuestra última frontera. Las serias y desconfiadas miradas que recibíamos mientras caminábamos no ayudaban a aliviar nuestra tensión, y me hacían cuestionar, aún más, la validez del mensaje de paz que portábamos, y si no resultaba ingenuo proclamarlo en esta tierra castigada por siglos de conflicto y derramamiento de sangre. ¿Cómo podía conciliar su realidad externa con nuestro mensaje de paz interior.

Nos sentimos francamente aliviados cuando por fin llegamos a la frontera libanesa-israelí, pero, para nuestra sorpresa, el que pensamos sería nuestro último cruce no llegaría a serlo. La frontera estaba cerrada físicamente con minas terrestres y alambradas de espinos. Los oficiales que nos informaron fueron extremadamente serviciales, y nos aconsejaron dirigirnos a la ONU y a nuestras embajadas para conseguir el permiso que necesitábamos para cruzar. Incluso costearon nuestro viaje de vuelta en taxi a la ciudad más cercana, y nos pidieron que orásemos en su nombre cuando estuviésemos en Jerusalén, un lugar que la mayoría de ellos jamás llegaría a contemplar. Todos nuestros esfuerzos por conseguir el permiso fueron en vano y, tras quince días de frustrantes intentos, tuvimos que tomar una difícil decisión: buscar otro acceso de entrada a Israel y retrasar meses nuestra llegada o, simplemente, coger un avión, lo que nos lo que nos hacía sentir que, de alguna manera, traicionábamos al Camino de la Paz.

 

28 - Jerusalem Collage (REDUCED)

En un lluvioso 24 de diciembre 2002, llegamos a las murallas de la ancestral Jerusalén, poniendo fin a nuestra inolvidable caminata de 5.000 kilómetros por la paz. Como en todos los grandes viajes, nunca se trató del destino, sino del camino en sí, y este camino había sido maravilloso, había dejado al descubierto muchas verdades y gran sabiduría, y, además, profundas preguntas sobre las que reflexionar.

Nos enteramos de que el bloqueo sobre Belén había sido levantado en aquella noche mágica, por lo que nos unimos a la multitud de peregrinos de todo el mundo que habían ido a celebrar la Navidad allí. Visitamos todos los lugares santos de aquella antigua tierra, pero el más sagrado de todos siempre estuvo, y siempre estará, en nuestro interior: un lugar de tremenda luz, paz, amor y alegría.

Que todos podamos celebrar esta preciosa luz en este día tan especial, y en todos y cada uno de nuestros días.

 

 

 

 

 

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